Maya y la alfombra mágica

Maya aprende yoga con su abuelo Ajja, descubre una calma brillante dentro de sí y comparte posturas divertidas con su pueblo bajo el árbol de banyan.

En un pueblo luminoso entre colinas verdes y cocoteros altos, Maya hace preguntas sobre todo lo que la rodea. Su mente zumba sin parar, hasta que una mañana descubre a su abuelo Ajja respirando en silencio sobre una estera bajo el árbol de banyan. Con suavidad, él le enseña yoga: escuchar la respiración, sentir el corazón y probar posturas divertidas como Árbol, Gato, Niño y León. Poco a poco, Maya encuentra calma, duerme mejor, escucha en clase y comparte esa alegría con su hermano, sus amigos y, muy pronto, con todo el pueblo.

Maya vive en un pueblo luminoso, entre colinas verdes y altos cocoteros.

Con sus trenzas desparejas y ojos brillantes, hace preguntas más rápido que los granos de palomitas al explotar.

¿Por qué las mariposas no se chocan? ¿Las nubes se estiran como goma? ¿El silencio es más fuerte que el ruido? ¡La mente de Maya zumba!

El abuelo Ajja se sienta al amanecer en una estera suave bajo el árbol de banyan. Su dhoti blanco huele muy bien, como el jabón de sándalo.

—¿Qué haces, Ajja?—pregunta Maya. —Hablo con mi respiración—ríe él—. Se llama yoga. ¡Ven mañana y pruébalo!

Al amanecer siguiente, los pájaros cantan y el aire se siente fresco. Maya se sienta en su alfombrita. Se retuerce, le cosquillea la nariz y le hormiguea el pie.

Ajja susurra: «Escucha tu respiración, al viento, a tu corazón». Maya inspira... expira... entra... sale, como olas suaves.

Siente el sol tibio, oye a una ardilla mordisquear un mango y nota su corazón tranquilo y descansado. El yoga se siente suave.

Ajja enseña posturas divertidas. En la Postura del Árbol se tambalea, en la del Gato se estira y en la del Niño se enrolla como una piedrita.

Pasan semanas. Maya se despierta tranquila, duerme sin problema y escucha en clase. Hasta le muestra a su hermano la Postura del León, rugiendo sin enojo.

Un domingo se unen los amigos. Maúllan como gatos y se equilibran como flamencos, riendo a carcajadas. Pronto todo el pueblo se reúne bajo el árbol de banyan.

Maya sonríe: «¡Ajja, el yoga es mágico!». Ajja asiente: «La magia vive dentro de ti. El yoga te ayuda a verla».

Todos toman un último suspiro suave. Maya cierra los ojos y siente un brillo de calma dentro de ella. Fin, pero su paz sigue brillando.

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